En Taichung, el pasado sábado 27 de octubre, los amantes de la literatura y de la conversación disfrutamos una vez más de algo poco común en el mundo de hoy, un rara avis, que no es otra cosa que el placer de leer libros para después comentarlos entre aquellos que comparten la afición de aprender, y de disertar, de lo divino y de lo humano, al estilo que creara Aristóteles con su Escuela peripatética allá en la Grecia clásica.

Mucho tiempo ha pasado desde aquél entonces, y la sociedad a la que pertenecemos parece empeñada en olvidarse de toda influencia de lo que Mario Vargas Llosa refiere, en su obra La civilización del espectáculo (2012), como la alta cultura. Aquella que se ha basado en los conocimientos de historia, política, literatura, arte, filosofía o música, en áreas que encadenan los ideales de espiritualidad y de belleza.

La tertulia partía, precisamente, de lo expuesto por Vargas Llosa, en la obra mencionada, donde defiende una idea de cultura apegada a lo que hasta ahora ha formado parte de los mayores logros realizados por el hombre en la creación, es decir, lo que representa la música de Bach, la pintura de Velázquez o la literatura de Cervantes y lo generado por la civilización hispana, francófona, inglesa, germana o latina, que han proporcionado un mundo como el actual. Con sus fallos y sus aciertos.

Mientras, en la actualidad, de manera veloz y sorprendente, mediante la globalización, con sus cambios sociales y humanos, el desarrollo tecnológico o la persistencia publicitaria cotidiana de los medios de comunicación, se depara tabla rasa con el legado histórico de la humanidad. Así, se produce una transformación en la idea de cultura, que pasa por dar valor, por igualar, todos los criterios y todas las opiniones, sin atender el espacio social o cultural de donde procedan.

Vargas Llosa, en La civilización del espectáculo, emprende un ataque a los cambios culturales de hoy, motivados por un exceso de información donde la banalidad da marchamo de hecho cultural a cualquier tipo de evento, de obra, o de idea; cuando la idea de cultura se ve comercializada, y suplantados los conceptos de valía y de trabajo bien elaborado. Para que incluso funcione con naturalidad la copia de obras y de ideas, sustentándose esto en el fácil acceso al producto y al universo cultural.

Todos estos elementos, expuestos por V. Llosa, polémicos, controvertidos, y, en el disparadero de cualquiera de las acciones de los hombres de hoy, fueron criticados y rechazados, con argumentos, por la mayoría de los integrantes de la reunión [y defendidos por lo que Séneca llamaba, uno es multitud] que no vieron ningún tipo de alarma en los cambios culturales en el mundo que vivimos, interconectado, y, dependiente de los sucesos coetáneos que pueblan la red de lo virtual. Se valoró una necesaria renovación en la vida, en las cosas y en las circunstancias, y, se aseguró que la armonía y el equilibrio funcionarán como filtro del devenir.

Hay que recordar que se echó de menos a dos puntales de la tertulia que han emprendido nuevos caminos profesionales en España: Miguel Vera y Miguel Salas. Por ellos, y por la tertulia literaria de Taichung, ¡un brindis! Volveremos en primavera.