Mi primera visita a Taiwán se debió a la existencia del P. Rábago. En 1989 tras el incidente de Tiananmen, las embajadas occidentales en China estaban evacuando desde Pekín a la comunidad extranjera del país. Yo, profesor en Xi’an, ya no pude acceder a la capital y la única vía de salida fue la frontera terrestre con Hong Kong. La comunidad Jesuita de la entonces colonia, siempre muy atenta, me dirigió a Taipei “para conocer al P. Rábago y otros jesuitas españoles”. Así fue cómo los conocí. Ambos, los padres Rábago y Mateos, formaban un tándem fenomenal. Siempre atentos, amables, llenos de detalles, de sabiduría, contando infinidad de anécdotas de tiempos y lugares remotos. China, Filipinas, Timor… anécdotas de las que siempre aprendías algo sobre el alma humana, y las cosas de la vida. Ellos fueron para mí el hospital de urgencias de una recuperación emocional que tardaría muchos meses. Más tarde también se convirtieron en los médicos de cabecera de un camino de vida que duraría años, décadas.

Volvía a España, hice un año de estudios y, ya más preparado, volví a China a enseñar en las universidades. La China que me encontré había cambiado mucho. Entonces fue cuando los jesuitas me recomendaron ir a Taiwán, incardinarme allí y prepararme para el sacerdocio. Lo hice seguro y confiado, pues sabía que en Taiwán tenía “casa”.

El obispo José Wang, gran hispanista, me acogió en la diócesis de Taichung y allí combiné la enseñanza en la universidad con la preparación y luego el sacerdocio. Mi caso era único, un español que se incardina y se somete directamente a la iglesia local, sin pertenecer a ninguna comunidad ni contar con un grupo de apoyo. Rábago y Mateos rezaban mucho por mí y mi misión en estas tierras, estaban pendientes de mis necesidades, y en mis habituales visitas a su comunidad, me ofrecieron una casa, una familia, un padre.

Mateos, el gran profesor, se fue antes. Rábago iba cada día al hospital a ofrecerle apoyo y cuidados espirituales. Le acompañé alguna vez en esas visitas. Rábago con noventa y tantos, iba con paraguas, que le hacía de bastón, pero ligero. Se conocía todas las bocas de metro, las que tenían escaleras mecánicas, luego el autobús… un laborioso camino que conocía al dedillo, llevaba muchas décadas haciendo lo mismo, visitando a miles de enfermos y asistiendo a muchos en ese traspaso que tarde o temprano todos hemos de hacer. Ofrecer últimos auxilios dirán unos, en realidad lo que él hacía era de comadrona, alumbrar para la eternidad. Murió Mateos pero Rábago siguió, impecable, en su puesto. Nunca una queja, jamás un lamento, siempre adelante. Cada día tenía una misión y la asumía con celo, entusiasmo y alegría. La misión era amar a todo el que se cruzara en su camino, alegrarle la vida, llevarle un beso, una palmada reconfortante, una sonrisa. Y continuaba cada día, con cien, ciento y pico de años, yendo al hospital. Sufrió alguna caída, alguna estancia en el hospital, pero en cuanto se recuperaba continuaba. Ya a esa edad hubo que prohibirle que saliera de casa, y asumió obediente, pero jamás abandonó. Desde su casa, que también es parroquia, saludaba, besaba, abrazaba… derramaba por todas partes su sonrisa rebosante de alegría y gozo esperanzado. Los domingos casi no había forma de que cediera el confesionario a otros curas más jóvenes. Me da la sensación que convertía la confesión en una fiesta. La fiesta del reencuentro.

Recuerdo que en ese periodo me dijo varias veces: los que tenemos esta edad, estamos bien y de repente pasa cualquier cosa y en dos días nos vamos de este mundo. Y lo decía sin dejar de dibujar una sonrisa esperanzada. Estaba instalado en el milagro. Estaba en este mundo, pero sin ser de aquí. Yo llevaba años deseando que la Universidad Providence le pudiera dar un doctorado Honoris Causa. En 2021 de pronto se dio la ocasión. Todo se pudo preparar muy rápido y bien. Había consenso. Alguien dijo que su primer doctorado, en Medicina, era el doctorado del cuerpo, luego el segundo en Filosofía, era doctorado de la mente, pero este tercero era el doctorado del amor. Cuerpo, mente y espíritu según la expresión china.

Con mi madre, viuda, que con más de 80 años venía todavía a Taiwán a visitarme con su amiga Montse, obró milagros. La hacía rejuvenecer. Ella ya resignada a ser la mayor, la abuela, allí donde estaba, se encontraron con un “padre” 10 o 12 años mayor que les cantaba canciones y las hacía reír. Las llamaba “mis chicas”, y les cantaba “Una morena y una rubia” un pasodoble de la posguerra. Las hacía sentir muchachas de nuevo. Las visitas a Taiwán ya no sólo eran para ver a ese grandullón de hijo que le había tocado en suerte, o poca suerte, sino también para volver a ver al ídolo y hacer que de nuevo renaciera la ilusión en esos ojos. Rábago siempre que me veía me preguntaba por “sus chicas, la morena y la rubia” y a veces hacíamos alguna videollamada. Supongo que se ya se habrá reencontrado con “la rubia” y ya en el cielo le continuará cantando el pasodoble.

El día que falleció, me avisaron que había una misa en la Facultad de Medicina de Fujen, donde estaba su cuerpo donado. Miré el reloj, y no lo pensé dos veces, me puse al volante y me encaminé a Fujen. Muchas imágenes vinieron por el camino. Muchas anécdotas que me gustaría dejar por escrito. Una cosa me emocionó especialmente: conté desde cuando le conocía, y sin poder precisar el día, pero esa misma semana hacía 33 años de mi primera visita. 33 años, toda una vida. Ciertamente su humanidad y su sabiduría han sido el referente principal de mi vida en Taiwán.

Unos días más tarde, ordenando papeles, encontré un tarjetón que ofrecían tiempo atrás en su parroquia, en la cara había una imagen de la virgen, en el dorso, en formato postal, entrecortada en el fondo blanco había una foto de Rábago saludando como queriendo abrazar. Al pie de la imagen una frase suya: “No hay mayor alegría que hacer felices a los demás”.