Nada más llegar a Kaohsiung (febrero de 1999) conocí al padre Manuel Piérola (1936-2021) y rápidamente nos hicimos amigos. Esto de hacerse amigo de Manuel era muy fácil, por su naturalidad, afabilidad y cercanía. Para mí, al instante, representó una fuente de conocimientos para entender a la sociedad taiwanesa y sus gentes, aspectos donde era un verdadero maestro. Había llegado a Kaohsiung en 1964. Pero también conocía a la perfección a la universidad Wenzao, sus reglas, puestos directivos, profesores y alumnos, pues fue profesor del departamento de español desde 1970. Por lo tanto, mis encuentros con Manuel eran un escuchar y hacerme a la idea de cómo tenía que entender y actuar ante todo lo que me rodeaba, sometido como estaba, en mis primeros años, al tópico pero palpable “choque cultural” que se experimenta al vivir en una sociedad tan diferente a la española.

 

Todas las semanas iba al departamento de español de Wenzao a la hora de la comida y allí hablábamos de España y de Taiwán. En aquellos tiempos Manuel Piérola manejaba motocicleta (a algún lugar me llevó, pues yo sólo tiraba de autobuses y taxis). Le visité en su parroquia de San José (Kaohsiung). Cuando le hospitalizaron por un accidente de moto, le fui a ver al hospital de San José (Kaohsiung). Muchas veces fuimos a comer al restaurante español Hola (allí, también hablaba con Ángel Martos, dueño del restaurante, y con su mujer Elena Chen, en buenas y jugosas charlas). Su tono de voz era bajo, por lo que había que poner mucha atención para seguirle cuando hablaba, lo que se convertía en un acto de recogimiento. También le visité en Madrid, en su primera residencia en la parroquia Santa Rita. Estuve en su habitación en varias ocasiones y en cafeterías cercanas.

Él no quería salir de Taiwán. Esto lo llevó mal. En los últimos años en Kaohsiung, antes de su definitiva salida, fui a verle a la parroquia San José donde vivía con su compañero el padre Pedro (filipino). Los dos solos. La situación de ambos no era la deseada pues ya eran mayores y su estado físico no se asemejaba al más óptimo. Fui testigo de cómo el padre Piérola animaba a su compañero a hacerse el fuerte para evitar ese traslado que temía y que le sobrevino, que pudo ocurrir en torno a 2012. Sus superiores tomaron la decisión de trasladarle, primero, a Madrid, donde estuvo varios años, pero después pasó, al final de su vida, a Valladolid (2018). Siempre añorando a Taiwán y a sus gentes, a quienes realmente pertenecía. En sus años madrileños yo le animaba porque vivía en un barrio de privilegio (Islas Filipinas), pero no había manera, su humor tan positivo de natural, se le fue ensombreciendo por sus recuerdos lejanos.

De qué hablábamos, principalmente de historia, materia en la que tenía amplios conocimientos que sorprendían en hombre que no había tenido una formación académica al uso. Eso ya me daba a entender que sus alumnos pudieron disfrutar de un profesor versado en el pasado y preocupado por el día a día. En su mirada a la actualidad no dejaba de reflexionar sobre España y su devenir. Él era un navarro español por los cuatro costados. Podría decirse que era un patriota español entendido este concepto en el mejor sentido de los posibles: amante de su tierra y de su porvenir, en un país unido y vigoroso. En este sentido, para mí, también un amante de todo lo español y de sus variantes culturales, fue una auténtica suerte haber conocido a Manuel Piérola. Me encantaba escucharle hablar de España con ese sentido universal que él trasladaba en sus explicaciones sobre el pasado y el presente.

Otra conversación que él mantenía abierta era la de sus vivencias en Taiwán, sobre su contacto con el pueblo llano taiwanés, con los aborígenes y con las buenas personas trabajadoras a las que él asistía, ayudaba y aconsejaba. Con los estudiantes, con los enfermos, con los creyentes. Si bien el consejo de oro que daba Manuel Piérola era que sabía escuchar y ponerse en la posición del otro, en esto para mí fue un permanente bálsamo, tan necesitado como yo estaba de que alguien, al menos, me escuchara. Me escuchaba y me entendía, y todo lo comentaba, después, con un humor que no sé si denominar de navarro, que definiría como ingenioso, franco, limpio y blanco. Él se reía mucho cuando contaba situaciones graciosas y hacía reír a su interlocutor, de esa manera los temas se desdramatizaban y se convertían en aprendizaje sobre el tiempo, en enseñanza sacada de la vida. Todo el mundo le llamaba padre Pei. En mi caso, siempre le llamé Don Manuel. Don Manuel Piérola.