A mediados de abril se reunió el Club del Vino de Kaohsiung en su sede (Bar sencillo). Se tomaron dos vinos tintos: un italiano y un español. El italiano, de la Toscana: Brunello di Montalcino «Poggio alle Mura», 2013. De uva Sangiovese. Es un vino con larga elaboración y como suele ocurrir con todo lo italiano (en gastronomía) nos hizo agradable el tiempo que se le dedicó (Julio Camba en La casa de Lúculo: habla de eso, de cómo los restaurantes y la comida italiana hacen la vida placentera a los viajeros de todo el mundo): la charla fue variando por temas de entretenimiento, alejándonos de la pandemia que nos tiene sumidos en monotemáticas conversaciones. Lo agradable del vino surgía por el equilibrio entre su potencia y su suavidad. Digamos que un clásico.

El vino español correspondía a la región de La Mancha, lugar donde más vino se produce (creo que Cervantes llegó a llamarla «la recámara del Dios de la risa»). Y bien que nos reímos al hablar según bebíamos El Vínculo, un vino obra de Alejandro Fernández, el artífice español de haber puesto a Ribera del Duero en el mapa mundial del vino, cuando Parker en 1982 puntuó a su Pesquera con un 100 (le llamó el Petrus español, y era mucho más barato). Después del éxito de Pesquera, Alejandro Fernández, extendió su manera de hacer vino a otras marcas: Condado de Haza (también en Ribera); Dehesa la Granja (Castilla-León) y El Vínculo (Castilla-La Mancha). Todos con uva tempranillo.

Todos los vinos de Alejandro Fernández tienen la pincelada de los vinos profundos, con aroma a chocolate y especias dulces, madera y regaliz, en boca, carnosos, potentes y sedosos. Así, El Vínculo reserva 2014, nos dejó rendidos a la conversación y a la amistad.

Debemos comentar que recientemente (22 de mayo de 2021) se ha producido la muerte de Alejandro Fernández, un emprendedor y un hombre esencial en la historia del vino español. Le echaremos de menos. Desde aquí nuestro recuerdo.