El pasado sábado 24 de abril nos juntamos tres españoles y una taiwanesa en el reservado para fumadores del bar del vestíbulo del Hotel Evergreen de Taichung para hablar sobre la novela de Gonzalo Torrente Ballester, La Isla de los Jacintos Cortados. Cuatro malditos que se reunieron para homenajear a un escritor no maldito, pero sí deshonrado con esa mezcla de indiferencia y ocasional mención oportunista por parte de una grey periodística, universitaria y crítica camelopardalis que, por el bien de España, debería dimitir de su mismísimo ser.

Gonzalo Torrente Ballester pertenece a una raza muy escasa: la del novelista. No se crean que esas cosas que venden y premian por ahí a mansalva son realmente novelas. Nanay. Son libros, no lo niego, sobre todo por el hecho impepinable de la encuadernación, pero ni por asomo pueden llamarse novelas. Por eso GTB, repito, pertenece a una raza de elegidos, aquellos capaces de levantar un mundo complejo y complexo hecho de palabras que acotan una espacio recto, referencial y alegórico.

La novela que nos reunió el sábado 24, La Isla de los Jacintos Cortados, es una de esas obras difíciles que exigen lectores inteligentes y devotos, lectores que inviertan su tiempo y su esfuerzo en desentrañar el difícil nudo gordiano de la trama novelesca urdida por el autor, repleta de dobleces, planos y contraplanos narrativos, símbolos tautogóricos, mezclas sorprendentes de géneros y tonalidades y, en fin, revoltijos prodigiosos de una sátira implacable del mundo académico anglosajón y de la novela histórica.

Con una maestría difícilmente imitable en el artificioso arte de la construcción novelesca, Torrente Ballester cuenta en clave de monólogo epistolar, los infructuosos esfuerzos de un profesor español, que trabaja en una universidad del nordeste de EE. UU., por atraerse la atención y los amores de Ariadna, doctora en Historia fascinada y enamorada del profesor inglés Alain Sidney, más conocido como Claire, quien acaba de escandalizar a todo el mundo académico con un sorprendente libro en el que, mediante técnicas hermenéuticas novísimas, demuestra que Napoléon jamás existió, sino que fue una invención extraordinariamente bien urdida de personajes históricos como Chateaubriand, Metternich, Pitt o Tayllerand. El narrador, dispuesto a saltarse todas las reglas para sacar a Ariadna de su encaprichamiento por Claire, decide ser aún más audaz que el profesor inglés, y frente a su chimenea de la cabaña en la que vive, sita en una isla de un lago cercano a la frontera canadiense, llamada “La Isla de los Jacintos Cortados”, decide viajar a través del tiempo mediante el fuego del hogar, y descubrirle a Ariadna los hechos reales de la invención de Napoleón, acontecida en la isla de La Gorgona, una ficticia isla del Mediterráneo, donde se desarrolla una segunda trama novelesca insertada en la anterior, poblada de personajes históricos e inventados, que en mitad de intrigas políticas y sucesos extraordinarios, acabarán por inventar a Napoleón para poder explicar los confusos e inexplicables sucesos de la política internacional.

Acompañados de un buen vino, el humo de los puros y el rumor de la conversación de unos rusos que ocupaban la mitad de la sala de fumadores, fuimos diseccionando, con la capacidad que Dios ha concedido a nuestros caletres, las intrincadas vías de la novela torrentina, donde además se aúnan todos los temas y tonos más queridos del autor: el mito, el amor, la lírica, el humor y la historia.

Gonzalo Torrente Ballester murió en 1999, pero su obra merece perdurar por siglos. Y a pesar de la que la fama de un autor muchas veces está sujeta al albur de los azares históricos, cuatro malditos decidimos ofrecer nuestro humilde reconocimiento al maestro de la novelística en español del siglo XX. Y si alguien lo niega, sabe dónde buscarme, para que presente a sus padrinos y elija el arma con la que desea batirse. Vale.