Como un ángel desterrado, apareció entre el mundanal ruido urbano un “monge” rebelde, con “g”. Escondido en una cueva, aguardando la salida del sol de un sábado cualquiera, para ser consumido con holgura por los comensales y miembros del Club del Vino. Cueva del Monge, así se llama este elixir dorado. El 2013 vio nacer a esta esencia líquida, y a finales de 2015 cumplió su objetivo: formar parte de los cuerpos de 12 discípulos del vino. Entre el 70 por ciento de viura, 20 por ciento de malvasía y el 10 por ciento de garnacha y moscatel, el monge dejó merma al inicio de esta velada, comenzada, cómo no, por las palabras de su presidente, Santiago Rupérez. Algo seco pero húmedo la vez; no en vano las uvas han pasado 24 horas en depósitos, para posteriormente ser sometidas a una leve prensada de las partes más finas. De sacar al monge de la cueva me encargué yo mismo, que había también salido hacía no mucho de otra cueva y estaba de nuevo expuesto a la luz. Gracias, luz.

El monge terminó con su existencia de ermitaño y le tocó el turno al Conde, de Hervías, no de otro lugar, sino de Hervías. Un riojano, Santiago, presentó a su paisano. Un tempranillo cien por cien que no dejó impunes a los combatientes aquel día. Acostumbrados ya a los riojas, alguno diría que se trataba de uno más, mientras que otros disfrutaron del color, aroma y textura de un vino que estaba en la cumbre de su desarrollo como elixir.

A los dos pilares energéticos anteriores le siguió, para seguir con la temática religiosa, la Madre Teresina, un caldo de las tierras altas, que chocaba con el rioja anterior por su similitud a nivel de textura, pero no de contenido. Encarnada en la voz de Lidia chocaba con el primero, conde de una sola mujer, mientras que el amor de la Madre Teresina abarca una gran variedad de uvas que podrían haber salido mal paradas al encontrarse con un hombre entre ellas: morenillo. Uva autóctona de las tierras altas, junto con la tempranillo y garnacha eran las autóctonas peninsulares de esta mezcla. Su fusión con sus homólogas francesas no hizo más que agrandar el carácter amoroso de esta Madre Teresina. ¡Cómo iba a ser si no!

Los dioses seguían en nuestra mesa. Los doce comensales terminaron brindando con un refrescante vino de hielo alemán, cortesía de nuestros homenajeados Volker y Ana, y con un Leonor, representando el final de un ciclo y el principio del siguiente. Este palo cortado ganador de grandes premios es de los denominados “generosos”, una virtud tan exaltada como escasa en los tiempos que corren. Y escaso se hizo este elixir apostólico, presentado por uno de los doce, Giles, que hizo las delicias del respetable público al tratarse del último caldo de la última cata de otro de los miembros del club, precisamente quien escribe estas líneas llenas de agradecimiento y cariño por todos los momentos pasados en estos muchos años de existencia de este grupo. A todos, gracias. A los vinos, muchísimas más gracias. Y a las uvas, un honor haberos conocido.