Zhang Zeduan, ¨En el río durante el festival  QingMing¨, Museo Nacional del Palacio (Taipéi)

Cualquier motivo es aceptable para sentarse a la mesa con unos buenos amigos a dialogar. Cuando el propósito es compartir impresiones acerca del buen cine, el espíritu se eleva por encima de los estratos cotidianos, y adquiere una nueva dimensión. Las palabras pronunciadas crean huellas que perduran, tanto en los demás como en nosotros mismos.

Seamos conscientes de que el buen cine, aún siendo un arte con pocos años de vida, bebe de su padre, que es la literatura, y de su madre que es el arte gráfico. Además de todo esto es capaz de reproducir sonidos y rostros humanos, lo que consigue que sea un instrumento idóneo para la sensibilización social.

Con esta motivación en mente, en esta sesión de cinefórum se elige un autor taiwanés de renombre, Hou Hsiao-Hsien (侯孝賢) nacido en GuangDong, un 8 de abril de 1947, y de ascendencia Hakka.

Su estilo de cine es austero y con gran componente estético. Su tema recurrente es la historia de Taiwán y los impactos que esta tuvo en colectivos y en individuos. Conviene apuntar que fue el primer director taiwanés en ganar un León de Oro en el Festival de Venecia (A city of Sadness,1989), y que tiene a su espalda 18 películas dirigidas.

Las películas seleccionadas para este ciclo han sido las siguientes:

The Puppetmaster, 1993

Good Men, Good Women, 1995

Millenium Mambo, 2001

Café Lumière, 2003

Reseña acerca de The Puppetmaster (El maestro de marionetas):

La cinta cuenta la historia del famoso titiritero Li Tianlu (personaje real), desde su nacimiento en 1909 hasta 1945, cuando 50 años de ocupación japonesa tocan fin en Taiwán. El autor retrata la difícil vida de la época centrado en el entorno rural y enfocado en la figura de Tianlu, aunque solo sirva de punto de referencia, ya que el auténtico protagonista es el entorno que le rodea.

La narrativa elíptica de la cinta nos muestra la relación de Tianlu con su familia, su empleador y el ejército japonés, pero no nos cuenta toda la historia, para dejarnos espacio para que podamos pensar por nosotros mismos y para dar a entender que hay muchas cosas que en aquella época había que, aunque había que saberlas, nadie te las iba a contar, ni debías preguntar por ellas.

La cámara se mantiene estática, con mayoría de planos largos o medio largos para dejar espacio a los actores y para que seamos conscientes de que todo está interrelacionado y no podemos ceñirnos a las emociones de los personajes independientemente del entorno.

La cámara, que nos sorprende mostrando frecuentemente marcos en pantalla, o escenas fraccionadas (la cámara deja entrever que no está filmando toda la escena sino solo una parte), así como el uso del espacio fuera de campo (o fuera de cuadro), acentúa el concepto de que la vida es solo una parte del entorno, de la misma manera que las representaciones de paisajes en los cuadros chinos solo muestran una parte de la escena y dejan espacio para que tratemos de dar continuidad al lienzo en nuestro interior.