Con la intención de poner en marcha un ciclo de películas y vídeos relacionados con el deporte rey, nos reunimos unos buenos amigos para ver juntos la película de Kusturica sobre Maradona, astro del fútbol mundial fallecido recientemente. El renombrado director balcánico hace un repaso de la vida del jugador argentino, desde su infancia en los arrabales de Villa Fiorito, hasta su apogeo futbolístico que le convierte en un idolatrado icono mundial, y por último su caída en el turbio agujero de las drogas y la mala vida. La buena sintonía entre Maradona y Kusturica, y la maestría de este último para relatar historias, hacen el metraje muy ameno.

Diego, se pasó la infancia jugando al fútbol, hasta que el crepúsculo hacía imposible ver la pelota. Es conmovedor ver cómo Diego entendió ya de mayor, que su madre simulaba dolores de estómago para poder dar un poco más de comida a sus ocho hijos. Esta condición humilde y esta conciencia de clase estarían presente en toda la vida de Maradona. Así Diego cuenta que rechazó la invitación para conocer al príncipe Carlos de Inglaterra hecha en persona por este último; o cómo aceptó la oferta del Nápoles cuando otros equipos del Norte de Italia le ofrecían más dinero. Sin embargo él prefirió el reto histórico de hacer campeón al equipo del deprimido Sur de Italia. Un revolucionario dentro y fuera de la cancha.

La selección de las jugadas y goles de Maradona mostradas por Kusturica —buen conocedor del juego— deleitaron a los congregados en la cita, con una espectacular gama de fintas, gambetas, carreras en las que se va desembarazando de todo el que osa salirle al paso, y recursos técnicos y creativos propios de uno de los mejores jugadores de fútbol de todos los tiempos. Maradona es auténtico, Maradona es fútbol de potrero, Maradona es pasión cuando juega. Maradona es arte en movimiento. Por todo esto Maradona no deja indiferente a nadie, trasciende el campo de fútbol y es idolatrado por el pueblo napolitano y argentino, llegando al extremo mesiánico de dar pie —seguramente el del lado del corazón— a fundar una iglesia en su nombre, la Iglesia Maradoniana.

Y es que lo que para el resto de los mortales es una jugada inaudita, para el 10 era la normalidad, según nos cuenta el propio astro argentino. Una normalidad que no logró en su vida privada, llena de excesos y episodios turbios. Estremece ver a Diego arrepentido de haberse perdido la infancia de sus hijas y no haber sido mejor jugador si cabe por perderse en la oscuridad de la noche («¡qué jugador nos perdimos!», llega a decir el 10 en la película). “Pero la pelota no se mancha”, como él mismo manifestó ante su afición en un acto de contricción en la Bombonera.

Todos estos aspectos, y muchos más, fueron comentados por los asistentes en una amigable charla. Finalmente dejamos a Maradona en las manos de D10S —como irónicamente titulaba la prensa inglesa la noticia de su fallecimiento— y nosotros rendidos a sus pies, a esos maravillosos pies capaces de trazar impensables obras de arte.