Tras el parón estival, el pasado 26 de septiembre se retomaron las catas del Club del Vino, como es tradición, en el restaurante Sabatini Cuccina. Este acogió la edición XXXVII, donde en esta ocasión contamos con el invitado Eduardo Euba Aldape, nuevo responsable de la Cámara de Comercio de España en Taiwán, quien pudo conocer los orígenes y objetivos de este club con casi diez años de existencia.

Suele decirse que la palaras no capturan la complejidad de la realidad. Sin embargo, la forma en que el Presidente inicia su habitual discurso es la muestra más evidente de que con solo tres de ellas se pueden englobar experiencias vitales y visiones muy profundas: «In vino vita». Tras tal declaración de principios, esta sesión se inició con un viaje lejano que nos llevó a interrogarnos por el origen del vino. Nombres de lugares exóticos, fechas sorprendentes y alguna que otra hipótesis inesperada sirvieron para alimentar la magia que rodea a este brebaje, pues todo lo incierto, lejano e insospechado genera una fascinación tal, que a partir de este momento ya estábamos «espiritualmente» preparados para recibir al primero de los ejemplares que nos disponíamos a catar.

Se trató de un Rioja blanco, Coto Verdejo, procedente de la Finca Carbonera. Gracias a la presentación que se nos ofreció, pudimos no solo conocer los detalles del ejemplar en cuestión, sino la historia de las bodegas El Coto, que forman parte del patrimonio cultural y económico de España. A continuación, les tocó el turno a dos vinos pertenecientes a la misma bodega: Cortijo Trifillas.  El primero de ellos, y segundo en el orden de cata, se trataba de un Cabernet Sauvignon, de Castilla, envejecido 12 meses en barrica de roble francés y americano. Finalmente, llegó el turno de Black Edition. En este caso compuesto por una variedad de uvas (Tempranillo, Syrah, Cabernet Sauvignon y Garnacha), y al igual que el anterior, con 12 años de reposo en roble.

Y así, con el buen ánimo que dejaron en nosotros los platos exquisitos, la conversación animada y el delicioso vino, los 12 comensales, damas y caballeros, llegaron al final de otra agradable velada. Reinaba en todos nosotros un plácido estado de ánimo, algo a medio camino entre la ataraxia epicúrea y el ditirambo dionisíaco.