Crónica de la tertulia friki del sábado 17 de marzo, 2018

Lugar: 391, Taipei

Libro: Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, Philip K. Dick

La noche de Los Ángeles devora

aeronaves anónimas. En una

conduce un policía mientras llora

 

la muerte de su hermana. Los neones

ciegan la luz lechosa de la luna.

“Quizás ahora en un bar suenen canciones

 

de Taverner –se dice el policía–,

quizás en un destino paralelo,

merced a alguna droga, todavía

 

pudiera aquí a mi lado, ante este cielo,

sentir el bello cuerpo de mi hermana,

volver al gozo del prohibido anhelo”.

 

Mientras, en Taipéi City, campechana,

se desarrolla la tertulia, ¡estruendo

del español sonoro que amilana

 

a los clientes del café! “No entiendo

cómo Dick escribió un final tan malo”

dice alguien y asentimos, y bebiendo

 

cerveza taiwanesa crece el halo

de irrealidad en torno a Dick: locura

y drogas psicotrópicas. Recalo

 

en este punto a la existencia oscura

de Dick en Canadá: poco sabemos

de lo ocurrido cuando en la escritura

 

de esta novela se afanaba. Vemos

quizá el dolor de un tipo solitario,

quizás en su lectura comprendemos

 

un poco su miseria, su calvario,

durmiendo en casas de desconocidos,

drogándose, suicida, temerario.

 

Luego, por algún tiempo, se extravía

la charla en otros temas y se cita

a Kissinger e irrumpe la anarquía

 

política española ¡Cervecita

para olvidar el populismo! Llega

ya la bella mesera y nos incita

 

en el alcohol a sofocar las penas

de la patria remota. Y accedemos,

y el júbilo remonta nuestras venas.

 

Y dejamos el tema de Podemos.

Y se habla de poesía, de la lírica

y su necesidad: “¿creéis que debemos

 

expulsar de la polis al poeta?”

Se cruzan argumentos, opiniones,

se enfrenta al pensador con el esteta,

 

a Lucrecio con Kant, sin conclusiones

dignas de señalar. Llega el momento

de buscar por oscuros callejones

 

otro bar do seguir con nuevo aliento

la charla por el vino transformada:

a más alcohol, menos discernimiento.

 

Y sentimos de Australia la llamada,

y al Woolloomooloo vamos, y cerveza

y vino riegan nuestra alborozada

 

tertulia ya tan lejos de su fuente:

aquel libro de Dick, aquella nave

en la que llora un policía y siente

 

que la vida es dolor, que nada sabe

sino que nunca más verá a su hermana.

“Parece que la noche nunca acabe”

 

se dice Buckman y de su ojo, vana,

traída por la voz de Jason Taverner,

una lágrima última le mana.