El viernes 28 de octubre tuvo lugar la edición XVª de la Tertulia literaria en Taichung alrededor de todo un clásico de la ciencia política: El príncipe de Nicolás Maquiavelo, obra de 1532. La discusión abrió múltiples perspectivas sobre el libro, acompañada por la desinhibición placentera de los vinos que fueron enhebrando las intervenciones de los distintos tertulianos, como es costumbre y ley en esta guisa de reuniones, desde Platón hasta nuestros días. Otras obras de o sobre Maquiavelo se allegaron a la conversación para alumbrar aspectos de la época o la biografía del florentino. Y así se evocaron las palabras de Quentin Skinner en torno a cómo la selección de los consejeros políticos se hacía en el gobierno de Florencia atendiendo a la calidad de la educación humanística de los individuos, por encima de otras cualidades como la estirpe o el favor arbitrario. Y resonó también la voz del propio Maquiavelo que, en carta a Vettori, evocaba graciosa y salazmente su escarceo erótico con dama de provecta facha y fecha. Hubo también ocasión de valorar el estilo ferozmente conciso del florentino, su retórica afilada, que constituyó un dechado para la posteridad ensayística europea. Y se tocaron preguntas de calado en torno a las verdaderas intenciones de Maquiavelo con su texto, habida cuenta del carácter instrumental que su propio autor le concedió en la tentativa de ganarse el favor de Lorenzo II de Medici. 

La conversación prosiguió su curso estimando la recepción de la obra en distintos momentos de la historia hasta llegar peligrosamente a los tiempos actuales, donde se acabó convocando el nombre de Carl Schmitt y otros intérpretes del tétrico siglo XX. No escapó tampoco a la consideración de los tertulianos las múltiples aplicaciones que se han buscado al texto de Maquiavelo en ámbitos ajenos a la política, como el proceloso mundo de la empresa, y sobre la idoneidad de dichos usos de El príncipe se dijeron cosas discretas e iluminadoras, distinguiendo el componente psicológico del libro de su meollo puramente político. Para entonces, agotado el vino, no quedó más que cerrar la sesión y proseguir la charla, ya divagadora y libre, por los oscuros bares de Taichung.